terrorismo


Traffic (¡más claro el agua!)

Traffic“Traffic”, más que una película, es un documental sobre el mundo de las drogas que nos muestra lo inútil de la ilegalización de las mismas.

“La teta del paro hacía unas semanas que se había agotado y, con ella, mi tiempo en Reus no podía tardar mucho en correr la misma suerte. Podían consolarme los muy buenos momentos vividos, los cuatro nuevos amigos que había hecho y el aprendizaje en convivencia que, junto al Hierbas, no había sido nada despreciable. Pero por mi paso por aquellas tierras el azar todavía me tenía preparada una última sorpresa: “Traffic“.

Cuando “Traffic” me cayó en las manos, la degradación ya había limado la labor cultural a una única modalidad, la del vídeo con petas. A menudo, al día siguiente de una película recordaba poco más que su título, pero aun no siendo éste el caso con aquella cinta, al día siguiente a media mañana, sin fumar, la volví a ver. Por si no la has visto, creo que te hago un buen resumen diciéndote que toca el mundo de las drogas prohibidas desde todos sus ángulos, prácticamente como si se tratara de un documental. Te muestra como la prohibición y la consiguiente persecución de su tráfico no logra disminuir los consumos (ni lleva camino de conseguirlo) y como, por el contrario, genera problemas similares a los de una guerra civil, salpicando toda la sociedad con sus muertos, adictos y encarcelados. Una película contundentemente clara y premiada, divulgada a quien sabe cuántos cientos de millones de espectadores, que clama implícitamente por la legalización de las drogas. Y que con la frase “prohíbe las drogas y habrás creado una gran zanahoria” nos señala el “por qué” de la sinrazón del tema.

Pero como si la película hubiera sido solo agua de lluvia, persistía el inmovilismo: los gobiernos seguían malgastando el dinero de sus países en esta lucha estéril y perniciosa, y las “simpáticas” mafias del narcotráfico seguían explotando el más lucrativo de los negocios ilegales. A medida que fui reflexionando en todo ello, me ponía de más y más mala leche. Porque, ¿qué estaba pasando realmente? ¿Eran los políticos dirigentes deficientes? ¿Ineptos? ¿Eran alérgicos al séptimo arte? Finalmente, razoné que ya no quedaba el mínimo espacio para la duda y, profundamente indignado, entendí que el único verdadero trasfondo de esa realidad no tenía un gramo que ver con la estupidez o la ignorancia de los gobernantes y sí mucho con los oscuros intereses económicos del corrupto statu quo, a quien verdaderamente representaban. Mirándolo desde esta nueva óptica no solo las incongruencias en el tema de las drogas encajaban mejor, también las del terrorismo. Desde ese momento, los gobernantes, para mí, habían dejado de ser unos inútiles que lamentablemente intentaban solucionar un problema como el del terrorismo con la ceguera de no atender a las causas que lo originaban para convertirse en un grupo de cínicos. Entonces podía ver sin sombras como mientras rehuían el diálogo (excusándose en la supuesta locura de los terroristas y la criminalidad de su entorno) en realidad estaban evitando debatir reivindicaciones generalmente justas o negociables, para poder seguir manteniendo sus sucios privilegios ganados previamente, en la gran mayoría de los casos, con las armas o el engaño. “Más que las causas, lo que debe interesarnos del terrorismo son sus efectos”, dijo Aznar en una reunión internacional sobre terrorismo en la sede de la ONU el 22 de septiembre de 2003 (vamos que no lo dijo durante la visita a unas bodegas precisamente). ¿Por qué no resulta contradictorio que si nos dicen que somos libres, la suma de nuestras libertades no dé para la autodeterminación de un pueblo? Y si uno no es libre, ¿no tiene el derecho moral de luchar por serlo? Evidentemente no podía justificar una forma de protesta tan estúpida como la basada en el asesinato de inocentes pero, ¿era muy difícil comprender que existiera gente que, tomada por la rabia y la desesperación del que se siente agraviado y no escuchado, pudiera reaccionar de esa forma? ¿Se puede pretender que un joven palestino que hoy observa impotente cómo le tiran la casa al suelo y ayer como le mataban a un amigo, se comporte dócil como un cordero? ¿No es cinismo? ¡¿NO?!

La frase que tantas veces habían tenido que escuchar los oídos de Marc cuando me venía de marxista apocalíptico: “el mundo va en la dirección correcta, pero a una velocidad crítica”, había recibido sepultura dentro de mí. De repente, veía el mundo mucho menos irracional, pero en cambio mucho más apestado por la mentira y la codicia. Había vuelto a mirar hacia Edimburgo con cierto pesar, porque tocaba levantarse de aquella vida de perro y trabajar. Pero de la mala leche provocada por “Traffic” cuajaba la idea para el libro que buscaba escribir. Una idea que me quemaba por la nitidez con que creía ver el camino para cambiar ese mundo que me indignaba. “G-2” era el título, de “Gandhi-2″: una llamada a la humanización de la política, forzando su cambio desde la revuelta inteligente y pacífica.”

Nota: Texto extraído, íntegramente, del libro “Revolución Racional G2”. En dicho libro no se hace apología de las drogas, bien al contrario.