ambición


Perfil del ganador

GanadorEl perfil del ganador, en nuestra sociedad capitalista, está más cerca del enfermo mental que del sano.

“Haber visto a su madre y a su hermana rotas también me había roto a mí por unos instantes, pero ver a su padre perfectamente vestido, con sus gafas oscuras y pose solemne, de repente me violentó. No lo conocía, ni siquiera lo había visto hasta aquella mañana allí en el patio de la iglesia. Solo sabía que su relación con su hijo había sido tormentosa desde que Kike era muy joven y que tenía un cargo importante en uno de los bancos más conocidos del país. Me era demasiado fácil prejuzgar en ese momento y suponer algún tipo de causa-efecto con lo que aquella mañana acontecía.

Me lo imaginaba de derechas porque, similar al seguidor de un equipo de fútbol de los grandes, él se sentiría pertenecer a un partido político de “triunfadores”, de personas poderosas y a las antípodas de los partidos de izquierdas que quieren limar las diferencias obscenas entre ricos y pobres. Se debía creer de los que aprovechan las oportunidades y no de los que las dejan escapar. Aunque no me lo imaginaba suficientemente estúpido como para desconocer que no hay que remover mucho para encontrar a gente a la que no se le ha repartido buenas cartas en esta vida y seguro no ha tenido nunca ninguna oportunidad que perder. Lo veía como un hombre satisfecho de sí mismo por saberse de los que pisan y no de los pisados, de los que consideran la sociedad como una jungla donde muerdes o eres mordido.

Para mí ese hombre representaba el peor de los residuos provocados por la publicidad. La crisis/estafa que estaba sufriendo nuestra sociedad (año 2013) tampoco me ayudaba en nada a observarlo con mejores ojos. Hacía unos meses, había leído un artículo que, tratando de analizar los porqués de la crisis/estafa, hablaba sobre el perfil psicológico que mejor encajaba con el tipo de gente que ocupaba puestos como el de aquel hombre, y era el de psicópata. Quizás él era una de las más que seguras innumerables excepciones, pero a mí no me lo parecía. Detrás de su corbata creía ver al hombre que un día había dejado la empatía en la puerta de entrada del banco y sin escrúpulos había empezado a colar a quien fuera la mierda bancaria que tocara vender en ese momento. ¿A cuántos habría vendido las famosas preferentes? O ¿a cuántos habría inducido a comprar una casa por una morterada de pasta de la que se los echaba fuera a patadas a los pocos años? Estafar y progresar rimaban perfectamente en su negocio, entonces más que nunca. Para mí ese hombre personificaba la ambición que hacía del mundo un infierno para una gran parte de sus habitantes. ¿Quién, sino gente como él, debe estar copando los altos cargos de empresas y del poder? Gente que lucha con firmeza y sin mucho o ningún miramiento por los lugares económicamente más lucrativos.

La proximidad con la iglesia y la mala leche de los pensamientos anteriores también me condujeron a pensar en la miseria que las religiones, a menudo, nos “regala”. Y seguí gastando bilis. Porque, ¿cómo se entiende que pueda haber humanos que disparan a una niña por el solo hecho de querer estudiar, o que torturan otras personas porque son homosexuales, sin tener en cuenta el papel cómplice de las religiones? No podemos pensar que los ejecutores de estos crímenes son monstruos o raras excepciones, porque suelen ser de lo más normal.

A partir de aquí mis pensamientos saltaron a otros tipos de “monstruos” más cercanos. Como el policía que le rompe la cara tanto a un niño como a un adulto o a un anciano, o desahucia a una familia. O como los hombres estos que van repartiendo la “paz” a ritmo de disparos y bombas con su uniforme lleno de honor y patria. A veces es la religión con sus enseñanzas made in “palabra de Dios” la que nos acerca a la barbarie evitando que razonemos la brutalidad de nuestros actos y otras veces la metódica instrucción psicológica alienante de las fuerzas del estado. Aunque sería más correcto decir: las fuerzas que protegen el injusto statu quo.

Tal vez mis pensamientos se estaban pasando tres pueblos con ese padre, o quizás no. De hecho poco me importaba si era él precisamente uno de los que me apestaban el mundo o no. No lo había visto hasta entonces y difícilmente volveríamos a coincidir.

Por otra parte, también tenía claro que él, al igual que todo el mundo, no tenía culpa de ser como era. Que él era fruto del azar, tanto del genético como del de las circunstancias. Y que ya desde el vientre de su madre cada uno de sus movimientos había sido el único posible atendiendo a su genética y a sus aún escuálidas circunstancias. Porque aunque tengamos la sensación de decidir en libertad, acabaremos decidiendo un único pensamiento que dependerá, en la mayoría de situaciones, de millones y millones de circunstancias previas y momentáneas, de las que nos será imposible ser conscientes. Algunas decisiones seremos capaces de razonarlas a posteriori: “reaccioné mal seguramente porque el alboroto me había puesto de mal humor”, “no tuve paciencia porque probablemente ya me estaba afectando el dolor de muelas que sufriría más tarde”. Otras veces, puede que el ojo acabara de ver algo que te hizo recordar un familiar y eso te indujo a pedir su bebida preferida. O quién sabe si justo el pensamiento que habría sido para ti el correcto no se dio a tiempo debido a la muerte repentina de una de las neuronas involucradas. Resumiendo: para mí nadie tiene realmente culpa ni mérito de ser como es, es todo azar desde el Big Bang. Pero para mí aquel pobre hombre, seguro que abatido, representaba la clase de hombre que hace que al pueblo no le vayan bien las cosas.

Con un último pensamiento, que la gente no se enamora de la gente de África por casualidad sino seguramente a consecuencia de su menor exposición a la tóxica publicidad, volví al presente. El caso era que Kike ya no estaba y que al día siguiente el mundo seguiría tan selvático como siempre.”

Nota: Texto extraído, íntegramente, de “Revolución Racional G2″.


Tabaco y publicidad

anti-tabacoEl tabaco y la publicidad son dos de los venenos más peligrosos para nuestra sociedad.

“Con la ayuda de un libro para dejar el hábito, emprendía el enésimo intento para deshacerse de él. Mucho de lo que decían sus líneas ya lo tenía muy sabido: perjudica la salud, apesta, soy adicto… Pero encontré nuevos datos que no me dejaron indiferente. Entre otros que las tabacaleras añadían sustancias tóxicas a los cigarrillos, como el amoníaco, para fidelizar aún más a sus “queridos” clientes (se ve que con el amoníaco el cuerpo es capaz de absorber más nicotina, que es lo que engancha). O leer lo mucho que se gastaban en publicidad para conseguir colarte en el subconsciente la asociación del tabaco con el éxito, la libertad o el sexo (a menudo pagando a los protagonistas de pelis para que aparezcan con el cilindrito colgando de la boca). El libro también hizo darme cuenta de la ridícula cantidad de caladas que realmente disfrutaba a lo largo del día, difícilmente ninguna calada más allá de las dos o tres primeras del cigarro y casi siempre vinculadas al alcohol, el café o el final de una buena comida.

Y así, consciente de que dejar de fumar era el mejor regalo que podía hacerme a mí mismo, que estaba enriqueciendo a unos mal nacidos y que en realidad ni me gustaba (sólo era un adicto) me puse a ello. Y bastante motivado y enfadado con la ayuda de chicles de nicotina, cuatro semanas antes del día N reducía la cantidad de humo, a falta de tres semanas sólo fumaba algún porro esporádico y cuando faltaban dos dejaba la nicotina del todo con sorprendente facilidad.

En este punto de la historia quisiera hacer un inciso para hablar de la publicidad, recién tocada solo de pasada, ya que no me parece trivial hacerlo al tratarse claramente, para mí, de uno de los pilares en los que se sustenta el muy mejorable mundo en que vivimos.

Yo había sido siempre muy combativo contra el tabaco. Infinidad de veces mi padre había tenido que aguantar mi numerito de ponerme un trozo de papel higiénico de oreja a oreja en plan mascarilla, cuando de joven jugaba con los abuelos, él y su humo al dominó. Pero aún así con los primeros intentos de tonteo con las chicas había caído. Me hería el orgullo el hecho de saberme inteligente y sentirme tan burro en este aspecto. Se me hacía evidente que por más que me considerara muy impermeable a la publicidad, cuando puse los pies en el territorio del sexo este macabro negocio me había hecho diana y abatido. No lo evitaron ni mis ideales, ni la tos, ni su sabor asqueroso. Tan claro que había tenido que nunca fumaría y no era sino una víctima más.

No es ninguna tontería quedar enganchado al tabaco, pero no es ni de lejos, en mi opinión, el veneno más grande que la publicidad nos aporta. La publicidad, con el constante bombardeo de anuncios que día a día nos va filtrando en el subconsciente, jugando con nuestros sentimientos, a través de colorines y canciones de aspecto inofensivo, nos hace peores personas. Me explico:

Primero de todo, es evidente que nos incita a comprar lo que necesitamos, lo que nos puede ir bien y a menudo también lo que no necesitamos para nada. Por tanto, de momento podemos decir que nos sube los niveles de ambición. Ambición por poseer determinados productos en primera instancia y por tener dinero, en segunda. Cuanto más mejor, no sea que no nos pudiéramos costear nuestro último capricho. Vamos, que la palabra avaricia parece que nos ronda por aquí también. Pero con el que juega también la publicidad a menudo es con la envidia y la soberbia: “Compra tal y serás…, diferente, único, mejor, un triunfador, tendrás glamour”. “No compres tal y serás…, un fracasado, un pringado más, un tipo vulgar”. Con lo cual me atrevo a asegurar que también nos sube los niveles de envidia y soberbia, que casan perfectamente con el individualismo. Y para nosotros, animales sociales, el aumento del individualismo no nos debe parecer nada positivo. Evidentemente a unos nos aumentará más que a otros, pero no puedo creer que a alguien que esté expuesto no se le eleven estos niveles ni un poquito. En todo caso creo que la publicidad nos envenena la sociedad, haciéndola más selvática y menos empática. Podríamos hablar de otros “regalitos” que nos hace, como la compra compulsiva, la anorexia, unos patrones de belleza imposibles de seguir (aumentos de mamas, rinoplastias…) y otras cosas, pero de momento dejo aquí el tema de la publicidad y vuelvo con la historia, que esto empieza a no parecer un inciso.”

Nota: Texto extraído, íntegramente, de “Revolución Racional G2”.