Tabaco y publicidad


anti-tabacoEl tabaco y la publicidad son dos de los venenos más peligrosos para nuestra sociedad.

“Con la ayuda de un libro para dejar el hábito, emprendía el enésimo intento para deshacerse de él. Mucho de lo que decían sus líneas ya lo tenía muy sabido: perjudica la salud, apesta, soy adicto… Pero encontré nuevos datos que no me dejaron indiferente. Entre otros que las tabacaleras añadían sustancias tóxicas a los cigarrillos, como el amoníaco, para fidelizar aún más a sus “queridos” clientes (se ve que con el amoníaco el cuerpo es capaz de absorber más nicotina, que es lo que engancha). O leer lo mucho que se gastaban en publicidad para conseguir colarte en el subconsciente la asociación del tabaco con el éxito, la libertad o el sexo (a menudo pagando a los protagonistas de pelis para que aparezcan con el cilindrito colgando de la boca). El libro también hizo darme cuenta de la ridícula cantidad de caladas que realmente disfrutaba a lo largo del día, difícilmente ninguna calada más allá de las dos o tres primeras del cigarro y casi siempre vinculadas al alcohol, el café o el final de una buena comida.

Y así, consciente de que dejar de fumar era el mejor regalo que podía hacerme a mí mismo, que estaba enriqueciendo a unos mal nacidos y que en realidad ni me gustaba (sólo era un adicto) me puse a ello. Y bastante motivado y enfadado con la ayuda de chicles de nicotina, cuatro semanas antes del día N reducía la cantidad de humo, a falta de tres semanas sólo fumaba algún porro esporádico y cuando faltaban dos dejaba la nicotina del todo con sorprendente facilidad.

En este punto de la historia quisiera hacer un inciso para hablar de la publicidad, recién tocada solo de pasada, ya que no me parece trivial hacerlo al tratarse claramente, para mí, de uno de los pilares en los que se sustenta el muy mejorable mundo en que vivimos.

Yo había sido siempre muy combativo contra el tabaco. Infinidad de veces mi padre había tenido que aguantar mi numerito de ponerme un trozo de papel higiénico de oreja a oreja en plan mascarilla, cuando de joven jugaba con los abuelos, él y su humo al dominó. Pero aún así con los primeros intentos de tonteo con las chicas había caído. Me hería el orgullo el hecho de saberme inteligente y sentirme tan burro en este aspecto. Se me hacía evidente que por más que me considerara muy impermeable a la publicidad, cuando puse los pies en el territorio del sexo este macabro negocio me había hecho diana y abatido. No lo evitaron ni mis ideales, ni la tos, ni su sabor asqueroso. Tan claro que había tenido que nunca fumaría y no era sino una víctima más.

No es ninguna tontería quedar enganchado al tabaco, pero no es ni de lejos, en mi opinión, el veneno más grande que la publicidad nos aporta. La publicidad, con el constante bombardeo de anuncios que día a día nos va filtrando en el subconsciente, jugando con nuestros sentimientos, a través de colorines y canciones de aspecto inofensivo, nos hace peores personas. Me explico:

Primero de todo, es evidente que nos incita a comprar lo que necesitamos, lo que nos puede ir bien y a menudo también lo que no necesitamos para nada. Por tanto, de momento podemos decir que nos sube los niveles de ambición. Ambición por poseer determinados productos en primera instancia y por tener dinero, en segunda. Cuanto más mejor, no sea que no nos pudiéramos costear nuestro último capricho. Vamos, que la palabra avaricia parece que nos ronda por aquí también. Pero con el que juega también la publicidad a menudo es con la envidia y la soberbia: “Compra tal y serás…, diferente, único, mejor, un triunfador, tendrás glamour”. “No compres tal y serás…, un fracasado, un pringado más, un tipo vulgar”. Con lo cual me atrevo a asegurar que también nos sube los niveles de envidia y soberbia, que casan perfectamente con el individualismo. Y para nosotros, animales sociales, el aumento del individualismo no nos debe parecer nada positivo. Evidentemente a unos nos aumentará más que a otros, pero no puedo creer que a alguien que esté expuesto no se le eleven estos niveles ni un poquito. En todo caso creo que la publicidad nos envenena la sociedad, haciéndola más selvática y menos empática. Podríamos hablar de otros “regalitos” que nos hace, como la compra compulsiva, la anorexia, unos patrones de belleza imposibles de seguir (aumentos de mamas, rinoplastias…) y otras cosas, pero de momento dejo aquí el tema de la publicidad y vuelvo con la historia, que esto empieza a no parecer un inciso.”

Nota: Texto extraído, íntegramente, de “Revolución Racional G2”.